Domingo 6º Pascua 2026
Act 8, 5-8.14-17
Sal 65
1 Pe 3, 15-18
Jn 14, 15-21
La liturgia de esta última parte del tiempo Pascual se centra en prepararnos para la venida del Espíritu Santo. Si el Padre ha querido que el Hijo se encarnara, viviera una vida plenamente humana, entrara en la muerte, resucitara y subiera al Cielo es para que su Espíritu, su mismo Espíritu, pudiera habitar en nosotros y con Él, el Reino de Dios.
Si nos invita a rezar insistentemente : “Ven, Espíritu Santo”, ante todo por solidaridad con toda la humanidad. Todo hombre, a causa del pecado, pese a lo que pueda aparentar, sufre en su interior, en su verdadera realidad, una terrible orfandad, una soledad inmensa, enfermedades del Espíritu, tristeza, está perdido, desorientado.
Cristo en el Evangelio nos recordaba que, mientras el mundo no lo conoce, nosotros lo conocemos. Presente en nosotros nos da el amor a Cristo, y unidos a Cristo, el amor al Padre. Nos da el conocimiento de Dios y el poder confiar en Él y así poder seguir sus caminos, guardar sus mandamientos.
Lo conocemos porque habita en nuestro interior y allí, dando testimonio, nos hace testigos. Con el Salmopodemos proclamar: “Os contaré lo que ha hecho conmigo”. Como los discípulos en los Hechos de los Apóstoles, allí donde vamos, llevamos el testimonio de Cristo, del Evangelio. Lo hacemos de palabra, cuando nos pidan razón de nuestra esperanza, y sobre todo con nuestra vida, con nuestra alegría, aun en medio del sufrimiento, de las persecuciones, remitiendo nuestra justicia a Dios, como nos exhorta san Pedro en su carta.
Pero la presencia del Espíritu en nosotros ilumina también nuestra realidad, nuestra verdad. Nos hace ver los vestigios del hombre viejo que permanecen en nosotros, las zonas que aún no están iluminadas por el amor de Dios, las heridas que el pecado deja en nosotros, lo mucho que necesitamos crecer y madurar en gracia. Y por eso nuestro grito “Ven, Espíritu Santo” no es sólo en nombre de la humanidad, sino también en nombre propio y en el de la Iglesia.
Vivámoslo especialmente este tiempo en la Eucaristía, en el sacramento de nuestra Fe, en la Eucaristía. El Espíritu sobrevuela sobre la asamblea cuando se proclama la Palabra, como sobrevolaba sobre el Caos en la creación, como sobrevolaba en la tierra después del Diluvio, buscando donde posarse. Como desciende sobre el Pan y el Vino en la Consagración. Como desciende sobre la asamblea cuando, después de la Consagración, lo invocamos sobre la asamblea para que nos lleva a la unidad, a la comunión.
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