Domingo 5 Pascua "C"


Act 14,  21-27

Sal 144

Ap 21, 1-5

Jn 13, 31-35

 

La Palabra de hoy viene a recordarnos nuestra vocación a ser Iglesia hoy. Una Iglesia a imagen de la Iglesia de los Hechos de los apóstoles: una Iglesia que es Comunión y Misión. Una misión que nace de la comunidad, de la comunión, y que vuelve a la comunidad, a la comunión. Una comunión y una misión que brotan de acoger el Kerigma que tiene el poder de hacernos Hijos de Dios y nos une como hermanos.

 

El Evangelio nos recuerda otro aspecto de esa vocación a ser Iglesia: el de ser Signo, Sacramento de Salvación. En las catequesis iniciales se nos invitaba a dejar que el Señor creará en nosotros los signos de la unidad y el amor para llamar a la fe a los alejados. Se nos invitaba a ser luz, sal y fermento de una humanidad que vive encerrada en la oscuridad, una humanidad que ha perdido el sabor y vive en el sinsentido. En este conocerán que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros como yo os he amado.

 

El Salmo nos invitaba a proclamar, como cantamos en el canto de Pentecostés: el Reino de Dios ha llegado ya.  A proclamar con el Apocalipsis que somos testigos de que Dios en Cristo lo hace todo nuevo, de que enjuga las lágrimas de todos los rostros y que el Reino de Dios está cerca de ti, dentro de ti, y que puedes empezar a gustarlo ya, aunque todavía no en toda su plenitud. Es curioso como los apóstoles animan y exhortan a los hermanos de comunidad que visitan: diciéndoles que hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el Reino; por muchos sufrimientos externos e internos. 

 

El Evangelio nos invita a unirnos a Cristo en el deseo de que el nombre del Padre sea glorificado. Deseo que hacemos nuestro en el Padrenuestro: santificado sea tu nombre. Podemos desearlo y pedirlo porque sabemos que voluntad de Dios es que todos los hombre se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad y que la Gloria de Dios está en la bendición de un corazón que vive la salvación.

 

Todo ello lo vivimos y lo celebramos en la Eucaristía. En ella damos Gloria a Dios por la salvación que vivimos y también renovamos la Nueva Alianza que hace de nosotros el Cuerpo de Cristo y, en Cristo, un pueblo de profetas, sacerdotes y reyes que viven su vida como una profesión de fe, esa profesión de fe que ahora proclamaremos.

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