Domingo 2º de Navidad 2026
Eclo 24, 1-2.8-12
Sal 147
Ef 1, 3-6.15-18
Jn 1, 1-18
El misterio de la Navidad es de una riqueza inagotable. Hoy la Iglesia nos invita a dar gracias porque la Palabra de Dios se ha hecho Carne. Ya es Evangelio, una buena noticia, conocer que Dios tiene oído para escucharnos. Dios escuchó los gritos de su pueblo en Egipto, la oración angustiada de Ana, la oración de los que le invocan desde la verdad, desde la angustia y el sufrimiento. Dios escucha siempre la voz de su Hijo: “Te bendigo, Padre, porque Tú siempre me escuchas”
Pero es Evangelio puro, una Buenísima Noticia, que Dios tenga una palabra humana que podamos entender y acoger. El salmo nos recordaba que Dios anuncia su Palabra a Jacob, Israel, a su pueblo. Toda la Escritura es un canto de alabanza a la Palabra de Dios, que llama “Dabar” porque se trata de una palabra que no es simple expresión de una idea, sino una palabra viva, en acción, eficaz. Por eso, la traducción litúrgica nos habla del “Verbo”, la Palabra que, como el hombre, tiene historia: pasado, presente y futuro; una Palabra que actúa con todos los pronombres personales, con el singular y el plural.
Dios dirige esa Palabra al hombre porque ama al hombre y con su Palabra nos ha creado, nos ha salvado, nos ha glorificado. Esa Palabra es Deleite, es Sabiduría, como nos recordaba la 1ª lectura; es Luz que vence nuestras oscuridades, es Vida, es Verdad, es Gracia, nos recordaba el Evangelio. Quien prueba esa Palabra no quiere alimentarse de otra cosa: “Señor danos siempre de ese Pan”, “A donde iremos? Sólo Tú tienes Palabra de Vida Eterna” o como cantamos en el Salmo “He esperado en el Señor”: “Eso sólo quiero: tu Palabra en mis entrañas”.
Una Palabra verdadera, liberadora, que viene a combatir por nosotros para que podamos ser verdaderamente libres. Es una espada de doble filo que viene a escrutarnos, para que no sigamos un camino de doblez y no nos apartemos nunca del camino de la Vida. Una Palabra que viene como jinete con el manto cubierto de la sangre de su Pasión, montada en el caballo blanco de la Resurrección, para poner todos los enemigos bajo sus pies.
Una Palabra que puso su tienda en medio de nosotros, que se hizo Carne en Jesucristo. Una Palabra que nos ha dado a todos los que la hemos acogido el poder ser Hijos de Dios, ser Cristóforos (portadores de Cristo), portadores de una Palabra que es un tesoro que llevamos en vasos de barro. En nuestra pobreza, en nuestra humanidad, llevamos una Palabra que puede llenar de Espíritu y alegría a todos los que nos acojan, como Isabel acogió a María, porque como afirma Jesús: quien a vosotros acoge a Mí me acoge, quien acoge nuestro testimonio acoge la Palabra misma.
Una Palabra que se hace Eucaristía. Una Palabra que, por el Espíritu, tiene el poder de transformar el pan y el vino, en el Cuerpo y Sangre de Cristo, y a nosotros transformarnos en ese Cuerpo y Sangre de Cristo del que nos alimentamos.

Comentarios
Publicar un comentario