Domingo 2º Tiempo Ordinario "A"
Is 49, 3-6
Sal 39
1 Co 1, 1-3
Jn 1, 29-34
El apóstol Pablo nos recordaba en la epístola que, por nuestro bautismo, somos “santos”. Lo somos porque hemos sido santificados por Cristo. Él nos ha rescatado, nos ha librado de las esclavitudes en las que vivíamos; sin sacarnos del mundo, nos ha apartado del mundo y nos ha consagrado para realizar las obras buenas que el Padre ha previsto que realicemos.
Como experimenta Jesús en su bautismo, en nuestro bautismo se nos ha revelado que somos Hijos y Siervos. Se nos llamar a servir como hijos, no como esclavos. Y como hace Jesús, se nos invita a aceptar esa elección y a iniciar la misión a la que el Padre nos llama, una misión de la que hablan todas las lecturas que hemos proclamado
El salmo nos recordaba la misión de anunciar que la salvación está en poder obedecer a Dios. El pecado nos había cerrado el oído, no podíamos escuchar ni obedecer. El Señor ha hecho una obra en nosotros: nos ha dado un cuerpo para anunciar el Evangelio de la Gratuidad, para anunciar que Dios no quiere sacrificios ni oblación, sino que quiere abrirnos el oído, para que acojamos su Palabra, Palabra de Gracia y de Amor. Una palabra que nos lleva a conocerle, a amarle, a poner nuestra confianza en Él, y así podamos entrar en la Obediencia, en la “Ab-audientia”, en llevar una vida según su voluntad.
El Evangelio nos recordaba que unidos a Cristo en el Bautismo, estamos llamados a ser con Él y en Él el Cordero que quita el pecado del mundo . Como a Jesús, el Señor nos ha abierto el oído, para que podamos llevar al cansado una palabra alentadora, al cansado de buscar y no hallar, de luchar y sentirse derrotado. Nos ha abierto el oído para que podamos no resistirnos al mal, para que podamos cargar con el pecado del otro. Para que podamos ser, como pedía San Francisco de Asís, instrumentos de su paz, de la reconciliación, del perdón.
Nuestro bautismo, como proclamaba la 1ª lectura, nos ha unido a un resto, a la comunidad, a la Iglesia.La Iglesia cuya misión es la de ser Luz, Sal y Fermento. Para que, habitando Cristo en nosotros, podamos ser un signo, un sacramento de la Salvación que Cristo ha ganado para todos: una salvación que ilumina, que da sentido y acrecienta la vida en nosotros, y la transforma en Vida Eterna.
El bautismo nos une a Cristo, a su Espíritu, para hacer de nuestra vida una Eucaristía. Para que podamos hacer de nuestra vida una ofrenda agradable, una liturgia que confiesa el amor de Dios en nuestra historia , como haremos ahora al proclamar el Credo.
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