Domingo 3º T. Ordinario "A"


Is 8, 23b – 9,3

Sal 26

1 Co 1, 10-13.17

Mt 4, 12-13

 

 

             Tras su bautismo Jesús, empieza su misión. La Palabra que hemos proclamado viene a recordarnos que él venido a buscarnos, nos ha llamado, nos ha elegido y que, por nuestro bautismo, nos ha invitado a colaborar con Él en esa misión. Esa misión que no es otra que anunciar la cercanía del Reino de Dios y la posibilidad de entrar en él por la conversión.

 

            Anunciar el Reino de Dios no es comunicar unas ideas o unos eslóganes. Es testimoniar de palabra y, sobre todo, con la propia vida la verdad de lo que se comunica, porque somos testigos, porque lo estamos viviendo. Por eso el Señor que nos ha llamado, como con los apóstoles, tiene que hacer un camino con cada uno, un camino de experiencia, que va desde la llamada a la experiencia pascual: a morir, ser sepultado y resucitar con Él.

 

Y, entonces sí, anunciar el Reino de Dios, como proclamaba Isaías, es dar testimonio de la Luz. Es proclamar que no es verdad que la vida sea oscuridad y tinieblas, pues la noche pasa y el día se echa encima. Con Cristo llega el Día, la Resurrección y la Vida 

 

Anunciar el Reino de Dios es testimoniar que Con Cristo ha llegado la siegaQue no es verdad que estemos condenados a una vida estéril, sin frutos. Que nuestra vida, como una semilla, puede morir con Cristo para dar mucho fruto y un fruto que permanezca. Un don del Señor son los hijos, no sólo los de la carne, sino también los del Espíritu. Son semillas llamadas también a morir y dar mucho fruto.

 

Anunciar el Reino de Dios es testimoniar que ha habido una batalla en la que Cristo ha vencido por nosotros. Cristo ha vencido a los enemigos que nos tenían esclavizados y les ha arrebatado un rico botínUn botín que ha entregado a la bella de su casa, a su Esposa, y que ella reparte con todos los que se lo pidan.

 

Anunciar el Reino de Dios es testimoniar, como hace Pablo a los Corintios, que es posible la reconciliación, la comunión, la paz. Que la fuente de la unidad está en reconocer que Cristo es el único Salvador, es la fuente de toda Gracia, de todo amor gratuito, la fuente del Espíritu que nos hace vivir como hijos y como hermanos.

 

Anunciar el Reino es proclamar con el Salmo que nada hemos de temer. Es dar fe de que podemos desear y tener la alegría de habitar en la casa del Padre, contemplando su templo santo.

 

Y esa misión la vivimos en nuestro particular territorio de Zabulón y Neftalí. Viviendo en el mundo sin ser del mundo, renunciando al mundo según la carne para amar al mundo según Dios. Simplemente aceptando estar allí donde el Señor nos ha colocado, viviendo allí nuestra fe, la fe que ahora profesaremos. 

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