Domingo 6 T.Ordinario "A"
Eclo 15, 15-20
Sal 118
1 Co 2, 6-10
Mt 5, 17-37
La Palabra de Dios nos recuerda que la felicidad, la realización del hombre, está en poder cumplir la ley del Señor: Está en poder seguir el Camino que nos lleva a la Vida. Está ley está ya insertada en el ser del hombre, esa ley que nos dice: “ama y vivirás”. Pero, para que el hombre no tuviera dudas, para que lo supiera explícitamente, em el monte, en el Sinaí, Dios la revela solemnemente a su pueblo.
Como ha proclamado la 1ª lectura, el hombre está llamado en su libre albedrío a aceptar esa Ley, ese Camino de la Vida. Pues no es propio de un Dios que es Amor Puro, Infinito, Gratuito, decidir el destino del hombre sin contar con él. Dios no condenará al hombre sin más (obligándolo a pecar) ni lo salvará sin contar con él: “Dios que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti” (S. Agustín, sermón 169)
Pero, ante la ley el hombre descubre que aunque quiera seguirla no puede: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero (Rm 7, 19). Ante esa frustración, como vemos en el Salmo 118, al hombre sólo le queda gritar a Dios, pedir su ayuda, pedir su Gracia:
- Dame Firmeza en tus caminos.
- Dame Vida para que cumpla tu Palabra.
- Ábreme los ojos y contemplaré las maravillas de tu Ley.
- Muéstrame el camino.
- Enséñame a cumplir tu Ley, a guardarla de todo corazón.
En este otro monte, el de las Bienaventuranzas, Jesús hace una nueva Alianza, proclama una ley que se grabará en los corazones. Pero ¿cuál es la relación entre esta Nueva Ley y la del Sinaí?
- Jesús no viene a anular el Camino de la Vida pues si no lo sigues, te pierdes. Pero…
- Viene a separar la paja del grano (los preceptos humanos de la ley eterna), a hacer posible (a dar cumplimiento) a este camino de la Vida y a llevar a plenitud una justicia superior al mero cumplimento, una obediencia de Hijos, Imagen del Padre.
Cristo nos regala la Plenitud de la Ley del Amor, cumplida en Él. Y lo hace, como recordaba Pablo a los Corintios, muriendo, resucitando y subiendo al Cielo para enviarnos un Espíritu que nos da esa sabiduría escondida, esa sabiduría de la Cruz, que contiene un caudal de Gloria.
Este evangelio se cumple en Cristo y, encarnándose en nosotros, quiere llevarnos a la plenitud de la Imagen de Dios, como Hijos de Dios. Un hombre bueno puede hacer mucho bien (rezar, ayudar, ayunar), pero sólo un hijo de Dios puede:
- Amar de corazón a los enemigos.
- Vivir la castidad de corazón.
- Tener la libertad de ser sinceros, de poder decir siempre la verdad
Sólo es posible si no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí. Hemos acogido su Palabra, confesemos nuestra fe y dejemos que el señor se haga uno con nosotros en la comunión.
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