Domingo 4º Cuaresma 2026


1 Sa 16, 6-7.10-13

Sal 22

Ef 5, 8-14

Jn 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

 

 

          La Cuaresma es una invitación de parte del Señor y de la Iglesia a revivir cada año de una forma más profunda y eficaz nuestra Iniciación Cristiana. La mayoría de los textos litúrgicos nos invitan a ello para poder renovar solemnemente nuestro bautismo en la Pascua. Para que podamos llegar a ser con plenitud Hijos de Dios. 

 

            El Salmo responsorial nos recordaba los sacramentos de esta Iniciación Cristiana. El Bautismo: “Hacía las aguas de la Vida me conduces”; la Confirmación: “Me unges la cabeza con perfume”; la Eucaristía: “Preparas una mesa para mí frente a mis enemigos, mi copa rebosa”. Si la Cuaresma nos hace presente la Iniciación Cristiano,  lo hace especialmente este año “A” en que los domingos van siguiendo los escrutinios de la Iniciación cristiana.

 

 

Este domingo se nos invita a revivir la entrega que nos hizo la Iglesia del Símbolo de la Fe para que se hiciera carne en nosotros. Nos recuerda que ser cristianos es ser testimonios, testigos, no de unas ideas, ni de unos ritos, sino de un encuentro personal con Cristo Resucitado, un encuentro de Salvación. Es dar fe de la obra que el Señor en su misericordia, en su amor gratuito, ha hecho en nosotros.

 

Dar testimonio es anunciar lo que proclamaremos en el Prefacio. Que Cristo se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas al esplendor de la Fe, a la luz de la Fe.

 

Para que podamos dar testimonio  el Señor no sólo nos ha abierto los oídos con el Effetah, sino que también como proclama el Evangelio nos ha abierto los ojos. Nos los ha abierto no sólo para que pudiéramos ver el amor de Dios en nuestra vida, en nuestra historia, sino para que pudiéramos ver toda la realidad (la creación, la historia, la Iglesia, a la humanidad) con los ojos de Dios. 

 

Como nos recuerda la Primera Lectura, el Señor quiere darnos esos ojos que tenía Samuel. Unos ojos que no se fijan en las apariencias, que van más allá de las apariencias, para que podamos verlo todo desde la verdad y el amor. El Señor nos abre los ojos para que tengamos sus propios ojos, esos ojos que también mostró María en las bodas de Caná, esos ojos que mostraron Pedro y Juan ante el paralítico de la Puerta hermosa. 

 

La Segunda Lectura proclama que el Señor nos abre los ojos para que podamos vivir como hijos de la Luz, como Hijos del Día. Y en la Oración Final, pediremos al Padre que ilumine nuestro Espíritu con el esplendor de su Gracia para que nuestros pensamientos sean dignos de Él y aprendamos a amarle de todo corazón.

 

Proclamemos ahora ese Símbolo que recibimos como un tesoro de la Iglesia, ese Símbolo que después se actualizara en el memorial de la Pascua del Señor.

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