Domingo 3º Pascua 2026


Act 2, 14.22-23

Sal 15

1 Pe 1, 17-21

Lc 24, 13-35

 

 

              “A este Jesús Dios lo resucito, de lo cual somos testigos todos nosotros”, proclamábamos en la 1ª lectura. Toda la liturgia de este domingo es un testimonio, un testimonio de la Iglesia, de la comunidad cristiana, de aquellos que, como nosotros, hemos sido rescatados de una vida inútil, como nos recordaba la 2ª lectura, de una vida sin sentido. Testimonio de la salvación que estaba prevista en Cristo antes de la creación del mundo.

 

            Testimonio de que Cristo resucitado se une a nuestro camino de vuelta, a nuestro desencanto de tantas ilusiones y proyectos vanos. El Señor nos invita a testimoniar con los discípulos de Emaús que Él no se ha ido para desentenderse de nosotros, de nuestros sufrimientos, de nuestra tristeza. Sino que Él mismo, en persona, camina con nosotros para, como hemos cantado en el Salmo, enseñarnos el camino de la Vida, para llenarnos de gozo y alegría en su presencia. 

 

Testimonio de que la Resurrección de Cristo nos abre a la esperanza cierta de la Resurrección.  De que esa salmo profético, que proclama Pedro en Pentecostés, y que hemos cantado después, ciertamente se cumplió plenamente en Cristo, pero también se cumplirá en nosotros:  “Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción”

 

Testimonio de esa Sabiduría de Dios que es superior a nuestra sabiduría. El Señor nos llama a dar testimonio de la Sabiduría de la Cruz. Testimonio que la Palabra de Cristo nos muestra que lo que Dios permite en nuestra vida es necesario. Que el sufrimiento es ese camino estrecho, es la puerta estrecha, que nos lleva a la pequeñez, a la pobreza, a la humildad sin la que es imposible entrar en la Gloria donde nos ha precedido Cristo.

 

Testimonio de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Que Cristo sigue partiendo para nosotros la Palabra y el Pan, que sigue abriéndonos los ojos para que podamos reconocerlo, y que esa presencia nos libra del miedo, de la tristeza, del pesimismo y nos convierte en mensajeros de la fe que ahora proclamaremos.

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