Domingo 4º de Pascua 2026
Act 2, 14.36-41
Sal 22
1 Pe 2, 20-25
Jn 10, 1-10
El tiempo pascual es un memorial del Éxodo: del primer éxodo y del definitivo éxodo en Cristo. Es un memorial, no un simple recuerdo de algo pasado. A Cristo, el nuevo Moisés, el buen Pastor, vivo y resucitado, el Padre lo ha constituido Señor y le ha dado poder para liberar a los hombres de la esclavitud al Faraón y a la muerte, para poner en camino a los rescatados y conducirlos a la tierra de la libertad y de la vida.
Con San Pedro, damos testimonio de que Cristo está realizando este éxodo con nosotros, en nosotros. Nosotros éramos ovejas descarriadas, perdidas, vagando sin sentido. Pero el Señor vino a buscarnos, y dándonos pruebas de su amor, de que podíamos confiar en él (pues manso y humilde, remitiendo la justicia al Padre, padeció por nosotros, cargó con nuestros pecados, nos curó con sus heridas), ha permitido que nos convirtiéramos al Pastor y guardián de nuestras almas.
Cristo es nuestro Pastor; pero, antes, ha sido y es nuestra Puerta, como nos recuerda el Evangelio que hemos proclamado. En el Éxodo hay dos puertas: una puerta de salida de Egipto (de la esclavitud, del faraón-diablo, de la muerte) y una puerta de entrada a la tierra prometida (a la libertad, a la Gracia, a la Vida). Sólo en Cristo es posible salir (de Egipto) y entrar (en la Vida eterna). Él es el que abre nuestras cárceles, nuestros sepulcros; Él es la puerta del triunfo por la que pasan los vencedores. Él es la puerta que se alza para que entren los pies de los humildes.
El Señor hace de nosotros mensajeros de ese nuevo éxodo. Él nos invita a invitar, como hace Pedro, a quien nos ve, a quien nos escuche, a “salir de esta generación perversa”, a salir de esta cultura egocéntrica y egoísta, de esta cultura de la muerte, que nos lleva a matar y a morir, y a aceptar lo único capaz de salvar al hombre: el amor gratuito de Dios. La misión que vivimos al invitar como hacemos cuando cantamos: “Los hambrientos vengan a hacer Pascua con nosotros, los necesitados vengan a hacer Pascua con nosotros, hoy esclavos… mañana libres…)
Para poder cumplir esta misión y hacerlo con el Espíritu manso y humilde de Cristo es necesario que el Salmo que hemos cantado se haga carne en nosotros. Que la obra y la gracia del Señor, el Buen Pastor, en los sacramentos de la Iniciación Cristiana sean eficaces en nosotros: que no dejemos de beber de las aguas de la Vida de nuestro bautismo, que dejemos que la unción de la Confirmación penetre cada vez más profundamente en nosotros, y sobre todo, que no dejemos de sentarnos a la mesa que el Señor prepara para nosotros en frente de nuestros enemigos.
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