Domingo 5º Pascua 2026
Act 6, 1-7
Sal 32
1 Pe 2, 4-9
Jn 14, 1-12
El tiempo pascual nos invita a alegrarnos porque gracias a Cristo tenemos libre acceso al Padre en el Espíritu (Ef 2,18). San Agustín nos recuerda que el corazón del hombre está inquieto hasta que encuentra a Dios. La Palabra de Dios nos lo recuerda continuamente. Así: “Solo en Dios descansa mi alma” canta el salmo 62, “Oigo en mi corazón. Buscad mi rostro” dice el salmo 26, “Busqué el amor de mi vida” proclama el Cantar de los Cantares.
Pero el Camino hacia Dios estaba cerrado a causa del pecado del hombre (Gn 3). Una espada de fuego cerraba el camino hacia el Árbol de la Vida, hacia la intimidad y la unión con Dios. Porque el hombre había creído la Mentira primordial, la mentira que profiere el Mentiroso, el padre y la fuente de toda mentira, el que encarna la Mentira primordial: que Dios no ama al hombre, que Dios no quiere que el hombre se realice, que Dios es orgullo y egoísmo, que Dios no es Amor.
Cristo con su vida, con su pasión, muerte y Resurrección encarna la Verdad porque Él es la Verdad. Viene a combatir y derrotar al Mentiroso proclamando la Verdad que nos hace libres. “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga Vida Eterna” (Jn 3, 16). La Verdad que encarna Cristo es que Dios es amor gratuito, que Él es perdón y misericordia, que “Él es bondadoso con los ingratos y los malvados” (Lc 6, 35). Por eso, si “Cristo murió por nosotros cuando éramos pecadores” (Rm 5, 8), nada puede apartarnos del amor de Dios (Rm 8, 38) porque “Dios no puede negarse a sí mismo” (2 Tim 2, 13) porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8).
Porque Él y el Padre son uno y así quien ve a Cristo, ve al Padre, porque Él es la Vida, es también el Camino. El, asumiendo la culpa de Adán, “obedeciendo hasta la muerte y una muerte en Cruz” (Flp 2, 8), ha apartado al ángel con la espada de fuego, y así podemos alimentarnos del árbol de la Vida, podemos reconciliarnos con el Padre, y gustar una comunión con Dios, que nos permite Vivir la propia Vida divina. Él es el Camino que tan admirable canta la “Oda 7 de Salomón”: santa humildad de Cristo!
Aceptando a Cristo como Verdad y Vida, siguiéndole como Camino, Dios hace de nosotros, como nos recordaba san Pedro, un pueblo de sacerdotes, profetas y reyes. Reyes para servir a la caridad, para una diaconía de la que son sacramento los diáconos cuya institución hemos proclamado en la 1ª lectura. Profetas para proclamar el Evangelio de la Verdad. Sacerdotes para celebrar el sacrificio de alabanza, para aclamar al Señor que nos hace justos, para vivir nuestra vida eucarísticamente, en comunión con Dios y con los hermanos.
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