Pentecostés 2026



Recibid el Espíritu Santo, nos ha dicho Jesús en el Evangelio.

 

Si el Padre envía su hijo al mundo, si Cristo vive todas las vicisitudes humanas… si sufre, muere y resucita… si sube al cielo, es para enviarnos su propio Espíritu, el Espíritu Santo. Él es el Paráclito el Espíritu Defensor que nos reconcilia con Dios, con los otros, con nosotros mismos.

Si el Espíritu Santo habita en nosotros, es Dios mismo quién vive en nosotros como
Fuente de Vida… Fuente de luz… Fuente de amor verdadero, Fuente de comunión… Fuente de los 7 dones, y 7 frutos (7 es la totalidad)… fuente de carismas… Fuente de un perdón que recibimos y que nos envía como misioneros del perdón.

El Espíritu Santo es Dios, pero es una Persona diferente al Padre y al Hijo y, como persona que es, podemos tener una relación personal, única con Él. Podemos hablar con Él. Podemos rogarle. Para hacerlo, hay que cerrar los ojos y mirar dentro de nuestro... escucharlo dentro de nuestro.

Ojalá lo escucháramos! Porque el Espíritu Santo nos guía, nos aconseja, nos anima, nos consuela. El Espíritu dentro de nuestro nos dice: “no, no desesperes”... “no, no juzgues, no condenes”... “no tengas miedo al tomar tu cruz. Dios no te abandonará. Verás la resurrección”. 

La felicidad del Hombre, nuestra felicidad, se encuentra en poder amar Dios y el prójimo. Amar Dios es amar el Padre, al Hijo y el Espíritu Santo. Y amamos el Espíritu Santo cuando no pecamos contra Él ni lo entristecemos. El pecado contra el Espíritu Santo es el único que no se perdona. ¿Por qué? Porque cuando se rechaza el Espíritu Santo se rechaza la curación y sigues en la enfermedad, se rechaza la luz y sigues en la oscuridad, se rechaza la vida eterna y sigues en la muerte.

Como Persona que es, el Espíritu se entristece cuando no lo escuchamos, cuando lo ignoramos, cuando no le hacemos caso, cuando lo tenemos presente. Y Él que es muy delicado no nos impone su presencia y se retira. 

 

Pasa como en las relaciones personales: con los hijos, con los hermanos, con los amigos y, especialmente, con los esposos. Ruego al Espíritu Santo que venga a sanar el infantilismo que hay en tantos relaciones matrimoniales y que llevan a un egocentrismo, un egoísmo, un no tener en cuenta al otro, poniendo en grave riesgo a la familia.

Hace falta que le digamos: Ven, Espíritu Santo! Ven y enséñanos a escucharte, a tenerte en cuenta, a amarte. Ven y enséñanos a escucharnos, a tenernos en cuenta, a amarnos.


 

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