Domingo 15 "A" 2026


Is 55,10-11

Sal 64

Rm 8,18-23

Mt 13,1-23

 

 

              La lecturas que hemos proclamado son una invitación a hacer Eucaristía por el Don de la Palabra. El señor nos está abriendo el oído y el corazón para acoger una Palabra que es eficaz, que sembrada en nosotros va creciendo, dando frutos de vida, va haciendo morir en nosotros el hombre viejo para hacer de nosotros Hijos de Dios.

 

Y nos invita a acoger la Palabra HOY, necesitamos alimentarnos de la Palabra cada día. “Señor, ¿a dónde iremos? Sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna”. La Palabra de las Escrituras viene a iluminar la Palabra que Dios nos da en nuestra historia. Como a los discípulos, el Señor nos hace entender su Palabra, pero no a un nivel intelectual. Los Pájaros, la Roca, los espinos los encontramos en nuestra vida… hoy.

 

Porque encontramos esos obstáculos para acoger la Palabra, necesitamos que el Señor nos recuerde: Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón.  El sembrador parece sembrar a lo loco. Pero es que después viene el labrador que empieza a abrir la tierra con el arado. Ese arado que es la Cruz. La tierra buena, la que no endurece el corazón, es la que se deja roturar por el arado de la Cruz. 

 

Sabemos que la Cruz es absolutamente necesaria para que podamos vivir lo que proclama la 2ª lectura . Estamos asistiendo al parto de los Hijos de Dios, de los hijos que la Palabra ha engendrado. Y la creación entera está esperando ese parto. Pero no hay nacimiento, no hay parto sin dolor, sin cruz. En el terreno espiritual, no hay epidural. Si el grano de trigo que siembra el sembrador no muere, no hay frutos.

 

Pero la Palabra ilumina esa Cruz y la vuelve gloriosa, nos abre a la gratuidad y eso es un regalo inmenso. Acaso no es un regalo inmenso, por pura gracia de Dios, tener el oído abierto a la Palabra y verla actuar en nuestras vidas. Como dice el Evangelío: ¡Cuántos querrían oír lo que nosotros oímos y ver los milagros que nosotros vemos! Y no pueden. Abren la Biblia, empiezan a leer, y no entienden nada. No les dice nada.

 

La Parábola del Sembrador proclama la gratuidad del amor de Dios. Dios no hace acepción de personas. No da su Palabra sólo al que es buena tierra. Derrama su Palabra de amor sobre todos, con generosidad, sin mezquindad. Como la ha derramado hoy, independientemente de cómo estemos,

 

La Gratuidad lleva a la Acción de Gracias, a la Eucaristía, que es nuestro deber (ser agradecidos) y nuestra Salvación.

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