Domingo 18 "A" 2026

 

Is 55, 1-3

Sal 144

Rom 8,35.37-39

Mt 14, 13-21

 

            Venid a mí todos los sedientos. Hemos venido a la Eucaristía no por casualidad, sino porque el Señor nos ha llamado y nos ha llamado porque nos ama, porque nos conoce y porque sabe que estamos sedientos de una Palabra de Vida y de un alimento que sacie realmente.

 

            El Señor sabe que muchas veces gastamos recursos y esfuerzos buscando un agua que no calma la sed y un alimento que no sacia. Gastamos la vida yendo detrás de amores que no son gratuitos, de unas afectividades que nos dejan secos.  Y vamos también detrás de unos ídolos que no sacian nuestra hambre de sentido, de vida, sino que nos enferman.

 

            Jesús, es la Palabra de Dios que trae el Amor de Dios, el único que cura, el único que puede saciar nuestra hambre de amor. Lo hemos proclamado en el Salmo: Dios es clemente y misericordioso, bueno y cariñoso con todas sus criaturas, les da la comida a su tiempo, abre la mano y sacia de favores a todos los vivientes.

 

Jesús, con su Palabra nos trae el Amor Gratuito, ¡gratis!, que es el amor verdadero pues no se compra ni se vende. Por eso “nada”, ni la muerte ni la vida, ni lo pasado, ni lo presente ni lo futuro, ni nuestros pecados por muchos que sean pueden apartarnos de ese amor que es Dios mismo y que hemos visto en Cristo, como nos recordaba la Epístola a los Romanos. 

 

La Palabra de Dios es el Pan de la vida y la liturgia de hoy nos invita a pedir: Señor, danos siempre de ese Pan. No olvidemos el lenguaje de los números en las Escrituras: el 5 y el 2. En Él se cumplen los cinco panes de la Torá, de la Ley, y los dos peces de los profetas mayores y menores, de las promesas de Salvación. Cumplidas en Jesucristo, Él las bendice en la Eucaristía y lo va partiendo para que sacie a todos. Importante el gesto de la fracción de pan. Cristo en la figura del presidente, parte la Palabra y parte el Pan.

 

Y es el mismo Jesucristo, en la Eucaristía, el que nos envía a repartir el pan de su amor: “Dadles vosotros de comer”. Y nosotros no tenemos un pan propio, una palabra propia. Somos unos pobres siervos inútiles. Sólo tenemos el pan que Cristo ha partido y nos ha dado, y Él mismo nos dice “Dad gratis lo que habéis recibido gratis”. Compartid esa Palabra y ese amor gratuito que yo os voy a dar, ahora, en esta eucaristía.

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