Domingo 20 "A" - 2026
Is 56, 1.6-7
Sal 66
Rom 11, 13-15.29-32
Mt 15, 21-28
La Palabra de Dios viene hoy a recordarnos que si estamos aquí es porque el Señor nos ha elegido para una misión. El Señor elige a su pueblo para que sea un signo, un sacramento de salvación para todos, para que todas las naciones puedan ver los frutos de creer en Dios, de confiar en su Amor Gratuito, de obedecerle. El Señor quiere lo que hemos proclamado en el Salmo: “Que canten de alegría las naciones… que todos los pueblos te alaben”
Pero ese pueblo elegido no cumple con su misión. En vez de obedecer a Dios, de escucharle, sólo escucha y obedece a los ídolos. Ya no sólo los paganos no escuchan, no obedecen, sino que el mismo pueblo de Dios desobedece. Por qué lo permite Dios? La 2ª lectura nos recuerda que Dios escribe recto con líneas torcidas: Dios ha querido encerrar a todos en la desobediencia, para tener misericordia, para mostrar su amor gratuito, a todos.
El Evangelio nos recuerda que la misión fundamental que el Padre le encomienda es reunir a las ovejas dispersadas de Israel. Jesucristo ha venido a anunciar el Evangelio, a sanar, a liberar, a anunciar la Gracia, el amor gratuito, a los pobres de Israel, a nosotros. A convocar el pueblo de la Nueva Alianza que sea Luz y Sal, que anuncie con su palabra y su vida la Salvación que viene de la Fe.
Cristo viene continuamente, viene hoy, a nosotros para anunciarnos el Evangelio. Él nos recuerda hoy su amor gratuito, su elección la misión que él nos encomienda. El Señor nos envía, pero el Evangelio ya nos advierte que el Espíritu va delante de nosotros, que ya está actuando en la vida de tantas personas, como ya estaba actuando en la mujer sirofenicia.
Hoy la palabra clave en las lecturas que hemos proclamado es: Humildad, Verdad. Humildad para nosotros que venimos a la Iglesia, que celebramos, que preparamos, que estamos haciendo un Camino de fe. Pero, que puede haber y hay personas, que sin tanta gracia, tengan mucha más humildad y fe que nosotros y que pidamos a Cristo su corazón manso y humilde.
Vivamos la Eucaristía, como María. Alegrándonos de las obras que hace el Señor no sólo en nosotros, sino en tantos hombres, y comulguemos el cuerpo y sangre del Humilde.
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