Domingo 22 "A" 2026
Jr 20, 7-9
Sal 62
Rm 12, 1-2
Mt 16, 21-27
La Palabra de Dios viene siempre a recordarnos hoy y siempre cuál es el Camino de la Vida, cuál es el camino para ser feliz. Pese a todas las ofertas que nos vienen del mundo y de la carne, el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos felices cuando podemos amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todas las fuerzas y amar al prójimo como a uno mismo.
En la primera lectura podemos ver cómo, Dios que quiere que seamos felices, para que lleguemos a amarlo, nos seduce, nos enamora. Y lo que más enamora es sentir que alguien está enamorado de ti. No sé si has estado enamorado de Dios, pero seguro que has estado enamorado de alguien y puedes entender lo que es sentir ese fuego en el interior del que habla Jeremías, ese tenerlo siempre en tus pensamientos.
Con el salmo hemos proclamado ese enamoramiento, ese amor a Dios. El último pensamiento antes de dormir y el primero cuando te despiertas: “Oh Dios, por ti madrugo”. El deseo de estar siempre con la persona amada: “Mi alma tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti”. ¿Vivimos así nuestra relación con Dios? ¿Cómo dice esa famosa canción “You are always on my mind”, está Dios siempre presente en nuestro pensamiento?
Enamorarte, amar a alguien te lleva a querer compartirlo todo con la persona amada: penas y alegría, ilusiones y problemas. El verdadero amor siempre tiene una dimensión de renuncia, de kenosis “Contigo Pan y Cebolla”. Amar a Dios, amar a Cristo, te lleva a compartir con él su gran amor hacia los hombres y su misión de dar la vida por ellos, aceptando los sufrimientos que conlleva. Amar a Cristo es participar en la Pasión de Cristo, es tomar tu cruz y seguirlo.
Como nos recordaba la Epístola a los Romanos, amar a Dios, amar a Cristo, transforma nuestra vida en una liturgia. Nuestra vida, desde nuestro bautismo, esta marcada por el Misterio Pascual de Cristo, cuyo centro es la Eucaristía. En ella no sólo ofrecemos el pan y el vino y nuestras oraciones, sino que, como dice san Pablo, nos ofrecemos nosotros mismos, ofrecemos “nuestros cuerpos como un sacrificio vivo y santo”, para que Él nos transforme en el Cuerpo y la Sangre de Cristo para el perdón de los pecados de “muchos”.
Ello sólo es posible desde una profunda unidad con Cristo, como los sarmientos a la Vid, para que sea su savia, su Espíritu el que obre en nosotros. Vivamos todo eso en esta Eucaristía.
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