Domingo 23 "A" 2026


Ez 33, 7-9

Sal 94

Rm 13, 8-10

Mt 18, 15-20

 

            La Palabra de Dios siempre se dirige a quien la escucha, a los que tienen el oído abierto, al Pueblo de la Palabra. “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”, hemos cantado en el Salmo. La celebración cristiana no es un mitin donde se proclama que nosotros somos los mejores y se arremete contra los que no están presentes. Por eso, todo lo que ha proclamado la 1ª lectura y el Evangelio no se refiere a nuestro trato con los que están fuera, sino a las relaciones entre nosotros. Se refiere a nuestro bien, a nuestra salvación, a nuestra comunidad.

 

             El capítulo 18 del Evangelío de Mateo habla de las relaciones al interno de la Comunidad, pero el fragmento que hemos proclamado no es fácil¿Dónde queda lo de no juzgar? ¿Cómo corregir al hermano si nos tomamos en serio lo de quitar la viga en el propio ojo, antes de quitar la brizna en el ojo ajeno?


             La clave la tenemos en la segunda lectura: la plenitud de la Ley, del Camino de la Vida, es el amor. Dios nos ha llamado a cada uno por su nombre, nos ha elegido, nos ha convocado para ser su Iglesia, para cumplir la misión de ser un signo un sacramento de la Salvación, una salvación que está en anunciar la buena noticia de que, gracias a Cristo, es posible vivir el amor a Dios y el amor a los demás, es posible la comunión y la unidad. Y una parte esencial del amor, de la comunión, es la solidaridad.

 

            El hombre viejo, a causa del pecado, del miedo a la muerte que le vuelve egoísta, es insolidario por naturaleza. Lo importante es no meterse en líos. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Amigos sí, pero primos no. No te metas a salvador si no quieres acabar crucificado, pues quien dice las verdades pierde las amistades. El hombre sólo le habla con franqueza al otro cuando está borracho o enfadado y quiere hacer daño al otro. 

 

El Espíritu Santo nos lleva a amar a Dios en Cristo y amar de corazón al hermano y a vivir una auténtica amistad con Dios y una amistad solidaria con el hermano. A Dios le importa cada hombre, y al que tiene su Espíritu le importa cada hombre, pero especialmente el hermano en la fe, el que es parte de su comunidad, de su cuerpo. 

 

            La verdadera amistad no es un sentimentalismo fruto de una afectividad enfermiza. La verdadera amistad estar en compartir una misma fe, una misma esperanza, una misma caridad y apoyarse mutuamente a mantenerse en el Camino de la vida, en la fidelidad a Dios y a la Iglesia. El Espíritu nos lleva a preocuparnos los unos de los otros. En rezar los unos por los otros, en dar ánimos cuando el hermano lo necesita y hablar con él si vemos que su vida física o espiritual corre peligro.

 

            Pero se necesita una gran libertad de espíritu y estar dispuesto a morir por el hermano, y no podemos sin el Espíritu del que es manso y humilde de corazón. El Espíritu del que no juzga, no condena; del que considera al otro, incluso al hermano que está apartándose del camino de la vida, como superior a ti mismo. Si no tienes este Espíritu, este amor humilde, pídeselo a Dios y espera a que el Señor haga su obra en ti. 


        Necesitamos recibir a Cristo, ser uno con Él. Vivámoslo en la Eucaristía.

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