Domingo 29 "A" 2026



Is 45, 1-4-
Sal 95

1 Tes 1, 1-5b

Mt 22, 15-21

 

 ​El Evangelio nos habla hoy de una de las tentaciones que tuvo Jesús y que tiene la Iglesia y todo discípulo: la tentación de la política.  Una tentación muy actual para nosotros cuando nos hallamos ante unas elecciones muy importantes y con muchas tensiones y confrontaciones en un ambiente político enrarecido. No estamos libres de caer en ella. Las comunidades de mi parroquia tienen sus WhatsApp para dar avisos, noticias, felicitar hermanos por la vía fácil. También lo tiene nuestra comunidad. A veces se cae en la tontería, en la superficialidad... Pero varias veces , pocas gracias a Dios, he tenido que intervenir para avisar a los hermanos que no den mensajes de tinte político. Si se mete la pasión política, se acaba la comunidad.

 

             Somos humanos y es normal que las injusticias, el sufrimiento de los inocentes nos subleve.  Ante la corrupción, los abusos, es normal que pensemos que no hay derecho y que tenemos que hacer algo. Aquí los fariseos le están preguntando A Jesús, como nos pueden preguntar a nosotros: “Tú, ¿de parte de quien estás?”. ¿De los invasores, los tiranos, los explotadores o de los invadidos, los explotados…? En diversas ocasiones se insta a Jesús para que tome partido: el hermano que se había quedado sin herencia, Marta frente a María, las tropas romanas que habían derramado la sangre de los galileos en el templo, … Y Jesús no toma partido. Pero es que entre sus mismos discípulos había zelotas (Simón), sicarios (el Iscariote), colaboracionistas (Mateo, Zaqueo, …), fariseos, saduceos, cercanos a Herodes,… Si Jesús toma partido la comunidad cristiana deja de ser Luz y Sal, deja de ser un sacramento de unidad y deja de cumplir su misión escatológica: estamos de paso y somos ciudadanos del Cielo, de donde esperamos un Salvador: el Señor Jesús.

 

          Detrás de la tentación política está una tentación que Jesús conoce muy bien: la tentación del poder; “Todo esto te daré…”. No es una ambición personal. Sino de tentar con el espejismo de todo el bien que se podría hacer si se llega al poder. Si llegan al poder “los nuestros”… cuanto mal se podrá evitar, cuanto apoyo para la Iglesia, cuantos leyes que apoyen la moral cristiana,… Pero … qué es eso de “los nuestros”. La palabra nos advierte: “No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar… Los nobles son apariencia en la balanza suben más leves que el polvo… Maldito el hombre que pone su apoyo en el hombre”.

 

            Ciertamente, el Espíritu que habita en nosotros nos lleva a ser buenos ciudadanos. Como nos recuerda la Carta a Diogneto los cristianos no somos espiritualistas. Cumplimos con nuestros deberes y damos al Cesar lo que es del César. Pagamos nuestros impuestos. respetamoslas leyes y si se nos llama a votar, lo hacemos con seriedad y responsabilidad, teniendo que elegir a veces el mal menor. Pero sin caer en ideologías que son una forma de idolatría ni mucho menos en enfrentamientos con los hermanos. No caemos en la apostasía de gritar como los sumos sacerdotes y ancianos: No tenemos otro rey que el Cesar. No creemos en otro Mesías que Cristo y Éste crucificado. Qué menos espiritualista que vivir el amor al enemigo, el perdón y el no tomar partido. Eso nos trae persecución. Recibimos tortas de izquierdas y de derechas. Lo dice Diogneto, somos respecto al mundo como el alma respecto al cuerpo y no podemos renunciar a la misión que se nos ha encomendado.

 

Porque nuestra misión no es la política; es otra: la de dar a Dios lo que es de Dios.Ante todo dejar que Dios acabe la obra de reproducir en nosotros su Imagen, la Imagen de su hijo. Y que, sabiéndonos elegidos, como nos recordaba la epístola a los Tesalonicenses, y “llevados de la actividad de nuestra fe, el esfuerzo de nuestro amor y la firmeza de nuestra esperanza”, trabajemos con Cristo para devolver a los hombres a la imagen y semejanza de Dios. 

 

            Para ello necesitamos que el Señor mantenga abiertos nuestros ojos, como los tenía  Isaías, para verlo actuar en la historia. Vivamos en la Eucaristía lo que hemos proclamado en el Salmo:  “aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor” y confesemos ahora al proclamar nuestra fe: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente”.

 

 

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

MISA DE EXEQUIAS POR NUESTRO HERMANO PERE GIL

Todos los Santos 2025

Fieles Difuntos 2025